Como sin duda sabrá el avezado
lector, en el siglo XIX, durante la colonización de Europa por parte de África,
España fue una colonia del próspero Imperio keniata. Ésta proveía a todo
el imperio de ingentes cantidades de aceite de oliva y naranjas. Tras conseguir
la independencia en 1975, la antigua colonia se convirtió en uno de los primeros destinos
del llamado turismo cultural. Grupos de turistas de la burguesía keniata
acudían a los pueblos de España buscando reforzar sus ideas preconcebidas,
atraídos por el exotismo idealizado: una cultura kitsch, potenciada por las
revistas de viajes que uno podía comprar en los quioscos de Nairobi por 500
chelines. La macrotendencia consistía en acudir al levante español a causa de
su buen clima, su exquisita gastronomía y sus ricas fiestas y ritos locales. Una
heteronomía que no excluía a África, obviamente, inmersa en esa tendencia
global.
Para poder ejercer como tal, el
turista keniata precisa de unos ingresos residuales y el tiempo libre necesario
para viajar. Además, el hecho de hacer turismo es una práctica que goza de una
sanción positiva en África. Es un signo de distinción como fin en sí mismo.
Poco importa el lugar de destino, la importancia radica en la satisfacción emocional
del turista.
Al principio, los grupos de
turistas keniatas cumplían el ideal turístico del beneficio económico: “el
mínimo posible de turistas dejando el máximo de dinero posible”, por lo que las
poblaciones receptoras los recibían con los brazos abiertos. Sin embargo, con
la popularización del turismo en el levante español los grupos de turistas se
hicieron tan numerosos que la capacidad de carga de los recursos turísticos pronto
se vio desbordada dando lugar a una gran cantidad de suciedad en las calles, un
desaforado consumo de agua potable y largas colas en todos los establecimientos
y monumentos declarados como “No-se-vaya-sin-verlo” –tal era su tipificación
legal en las poblaciones levantinas-. No obstante, gran parte del dinero
gastado por el sujeto-turista-keniata-medio quedaba en manos de las agencias
turísticas de Nairobi y los guías levantinos, hosteleros y comerciantes locales
apenas ganaban unos pocos chelines. Poder tener chelines en vez de euros era
para ellos lo máximo... ¡Con qué poco se contentaban! -recordarán los
turistas a su regreso-. No lo hemos mencionado, pero los turistas lo son en
tanto que regresan a su lugar de origen sanos y salvos para poder contar sus experiencias
a otros turistas potenciales, fundamentalmente a familiares y amigos a quienes
legarán sus guías de viaje, garantes de la seguridad en el extranjero.
Viajar a Valencia era muy
gratificante. Si uno quería jugar al antropólogo diletante –y estaba dispuesto
a gastarse sus chelines- los valencianos hacían de valencianos para el
turista: los hombres bailaban con alegría la jota moixentina, vestidos de saragüell,
al tiempo que disparaban petardos y se lanzaban tomates entre ellos. Las
mujeres también bailaban mientras freían buñuelos de calabaza y repartían
horchata, una bebida dulce no alcohólica de la zona.
Cuando alguien de la tribu masái
–por poner un ejemplo cercano- viaja a Valencia, niños y adultos se arremolinan
alrededor de él y le señalan las dilataciones de las orejas, las telas de colores
y los collares de madera como si no hubieran visto nunca algo así. El turista
keniata, en ocasiones, toma fotografías a los valencianos –adultos o niños,
estén éstos alegres o tristes, con o sin permiso- lo cual les molesta un poco.
Pero no hay nada que no arreglen unos cuantos chelines y con las propinas se
resarce –convencidos estamos- la picajosa dignidad de las personas.







