jueves, 17 de mayo de 2012

De Nairobi a Valencia. Una ucronía sobre el turismo cultural.

Como sin duda sabrá el avezado lector, en el siglo XIX, durante la colonización de Europa por parte de África, España fue una colonia del próspero Imperio keniata. Ésta proveía a todo el imperio de ingentes cantidades de aceite de oliva y naranjas. Tras conseguir la independencia en 1975, la antigua colonia se convirtió en uno de los primeros destinos del llamado turismo cultural. Grupos de turistas de la burguesía keniata acudían a los pueblos de España buscando reforzar sus ideas preconcebidas, atraídos por el exotismo idealizado: una cultura kitsch, potenciada por las revistas de viajes que uno podía comprar en los quioscos de Nairobi por 500 chelines. La macrotendencia consistía en acudir al levante español a causa de su buen clima, su exquisita gastronomía y sus ricas fiestas y ritos locales. Una heteronomía que no excluía a África, obviamente, inmersa en esa tendencia global.
Para poder ejercer como tal, el turista keniata precisa de unos ingresos residuales y el tiempo libre necesario para viajar. Además, el hecho de hacer turismo es una práctica que goza de una sanción positiva en África. Es un signo de distinción como fin en sí mismo. Poco importa el lugar de destino, la importancia radica en la satisfacción emocional del turista.
Al principio, los grupos de turistas keniatas cumplían el ideal turístico del beneficio económico: “el mínimo posible de turistas dejando el máximo de dinero posible”, por lo que las poblaciones receptoras los recibían con los brazos abiertos. Sin embargo, con la popularización del turismo en el levante español los grupos de turistas se hicieron tan numerosos que la capacidad de carga de los recursos turísticos pronto se vio desbordada dando lugar a una gran cantidad de suciedad en las calles, un desaforado consumo de agua potable y largas colas en todos los establecimientos y monumentos declarados como “No-se-vaya-sin-verlo” –tal era su tipificación legal en las poblaciones levantinas-. No obstante, gran parte del dinero gastado por el sujeto-turista-keniata-medio quedaba en manos de las agencias turísticas de Nairobi y los guías levantinos, hosteleros y comerciantes locales apenas ganaban unos pocos chelines. Poder tener chelines en vez de euros era para ellos lo máximo... ¡Con qué poco se contentaban! -recordarán los turistas a su regreso-. No lo hemos mencionado, pero los turistas lo son en tanto que regresan a su lugar de origen sanos y salvos para poder contar sus experiencias a otros turistas potenciales, fundamentalmente a familiares y amigos a quienes legarán sus guías de viaje, garantes de la seguridad en el extranjero.
Viajar a Valencia era muy gratificante. Si uno quería jugar al antropólogo diletante –y estaba dispuesto a gastarse sus chelines- los valencianos hacían de valencianos para el turista: los hombres bailaban con alegría la jota moixentina, vestidos de saragüell, al tiempo que disparaban petardos y se lanzaban tomates entre ellos. Las mujeres también bailaban mientras freían buñuelos de calabaza y repartían horchata, una bebida dulce no alcohólica de la zona.
Cuando alguien de la tribu masái –por poner un ejemplo cercano- viaja a Valencia, niños y adultos se arremolinan alrededor de él y le señalan las dilataciones de las orejas, las telas de colores y los collares de madera como si no hubieran visto nunca algo así. El turista keniata, en ocasiones, toma fotografías a los valencianos –adultos o niños, estén éstos alegres o tristes, con o sin permiso- lo cual les molesta un poco. Pero no hay nada que no arreglen unos cuantos chelines y con las propinas se resarce –convencidos estamos- la picajosa dignidad de las personas.


sábado, 17 de marzo de 2012

Dibujar con hambre

viernes, 9 de marzo de 2012

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martes, 6 de marzo de 2012

Hirsuto muchacho

viernes, 2 de marzo de 2012

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miércoles, 29 de febrero de 2012

María Magdalena (vuelve el hand made, amigos)

lunes, 2 de enero de 2012

Blind fighter -vs- El mexicano invisible